¿Por qué soy feminista?

Nací mujer. Me bautizaron, me vistieron de rosita… ¿Te suena?. Mi habitación estaba llena de peluchitos, muñecas, un carro de bebé y cientos de “Barriguitas”. Luego vino Disney, las Barbies, las telenovelas más tarde. La Súper Pop, la Bravo ( un mundo de revistas juveniles que contribuyeron a construir nuestra identidad femenina) me dejaban echita trizas con tanto amor romántico destripado por sus páginas. Yo aún no lo sabía, pero se estaba gestando un monstruo dentro de mí…

No sé de donde me vino luego el aire este de intelectual que tengo, pero me acabé poniendo a estudiar filosofía. Y ahí fue dónde la lié bien parda, jeje… Una se pone a darle al coco y se encuentra con que le han vendido la moto, a muchos niveles: publicitario, moral, cultural, económico, emocional… Vaya, que se va dando cuenta una que ya no le gusta tanto La Bella Durmiente como cuando tenía 5 años y se empiezan a dar ciertas identificaciones con El patito feo ( menos en la parte de lo del cisne, que ya no es del orden de lo factible…)

En fin, uno o dos malos tragos amorosos acaban por plantarte en la edad adulta con más desencanto que encanto ( Cómo no, detrás de toda feminista que se precie hay un corazón escocido… Otro de los topicazos). La cosa es que esos malos tragos de los que ahora me río mientras escribo no tuvieron nada de graciosos y, más bien, si que tuvieron mucho de transformadores. Ya una vez se te pasa el despechamiento propio de la adolescencia te das cuenta de que sufriste mucho, demasiado, quizás en algunos casos de una forma sobrehumana… ¡¡¡Que terror y que pereza!!! Y bien, pues te haces mayor de repente.

Fuera ya de este tono paródico con el que vengo escribiendo: se te caen una serie de mitos de esos que llevas bien cogidos en el inconsciente. Te das cuenta de que no tienes nada que ver con lo que se espera de ti como mujer, como novia, como esposa, como mamá… Te das cuenta, al fin y al cabo, de que no tienes nada que ver con lo que te han colgado encima y que ya no se trata sólo de un despecho de malquerida: es que no va contigo la cosa, vaya…

Soy feminista más allá de esta biografía pseudo-ficticia y concentrada por muchas razones: porque creo que la masculinidad está en crisis, los mismos hombres lo perciben. Mis amigos me lo dicen cuando hablo con ellos. Ya no quieren ser fuertes, dominantes, arrogantes y protectores, ni tirar del carro de una familia ni tener una mujer florero. Soy feminista porque creo que las identidades de género ya no se sostienen: las mujeres tampoco queremos ser mamás esclavas, ni eternas amantes… Soy feminista porque creo que la sociedad capitalista se ha construido sobre un modelo patriarcal basado en la exaltación de la heterosexualidad, que nos hace caer a todos en un ilusionismo de la permanencia amorosa, económica, moral, laboral… Soy feminista porque aborrezco la ética del cuidado que se ha colocado sobre las mujeres a modo de corona de laurel: ¿qué hay en nuestros genes que determine que somos nosotras las que debemos cuidar y ellos los que deben ser cuidados? ¿qué virtuoso don se nos ha concedido que debemos utilizar a los 30 máxime y si no “se nos pasa el arroz”?… Soy feminista porque creo que siguen existiendo desigualdades sociales basadas en la subordinación de unas identidades de género a otras. Soy feminista, en definitiva, porque sigue existiendo una mentalidad patriarcal y machista que hace que hombres y mujeres se sitúen en niveles desiguales a los ojos de la legalidad, de la vida y de las relaciones sociales. Y ah!, se me olvidaba… Soy feminista porque soy educadora y desde esa perspectiva me es imposible concebir un modelo machista para el desarrollo de las generaciones futuras.

¿Por qué soy feminista? Porque sólo conozco una respuesta a todo modelo de imposición de jerarquías sociales: la lucha por la igualdad y el respeto y el consiguiente cambio de paradigmas que ello implica.

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La rabia: 25-S

En mi casa no hay tele. Ni falta que hace… Sólo hace falta darse un garbeo por la red. Y, entonces, aparecen. Aparecen las imágenes, los vídeos, los comentarios interminables en blogs. Todo es rabia, odio, ira. Están los que estaban y lo vieron; Los que estaban, lo vieron y lo padecieron en sus riñones, en sus caras, en su brazos, en sus espaldas; Los que no estaban pero opinan; Los que se marcharon ya de este país y lo viven expectantes desde otros puntos del planeta… Noticias sobre policía de paisano infiltrada, encapuchados que gritan desde el suelo un nada conmovedor “¡soy compañero!” mientras sus camaradas  los apalean. Noticias más o menos creíbles de policías y miembros de la guardia civil que se desmarcan de la actitud violenta de sus compañeros de profesión (y así consiguen dejarnos un sabor de boca escéptico…). Y, entretanto, más violencia, más dolor y más resignación. Aparecen las imágenes de apoyo, de resistencia y de calor desde otros lugares. Aparecen las parejas que se abrazan en el suelo mientras reciben su parte de la ensalada de mamporros.

Y, mientras…Más violencia, dolor y resignación. Parece que se repite el mismo cuento de unos meses atrás…

Legitimados salimos a la calle. Legitimados por una palabra que parece haber perdido todo sentido en este país. No hay gobierno del pueblo porque no se está escuchando la voluntad popular. Las urnas ya se han quedado obsoletas. ¿Seguro que esa mayoría absoluta electoral que lleva al señor Rajoy y a su séquito a estar donde están se queda en casa cuando hay  concentraciones?. Es que, verán, no me salen las cuentas. Debe ser que soy de letras. O quizás es que se han dado cuenta de la que viene cayendo y la que les espera. Les está salpicando, a todos nos salpica:  los ciclos económicos no dejan a nadie fuera. Si creían que estaban a salvo con un gobierno de derechas, sus sospechas se han confirmado: A salvo están, bien salvaguardados de las libertades y los derechos básicos que todo ciudadano debe disfrutar. Me pregunto cuánta violencia injustificada nos queda por ver, cuántos debates sobre qué posiciones adoptar nos quedan por recorrer, cuánta hambre nos queda por pasar, cuántas mentiras más tendremos que oír… Si históricamente la democracia vuelve a recuperar algún día en este país su sentido etimológico, estaré orgullosa de verlo. Si no, creo que no tardaré mucho en ser yo también la que tome el camino del exilio…

Soy joven, tengo estudios, en este momento vivo sola gracias a mis dos trabajos, pero no me es fácil llegar a fin de mes. No quiero volver a casa de mis padres, no siento que sean responsables ya de mi economía ni de mi sustento. Ellos ya pasaron lo suyo y salieron adelante. Me gustaría tener familia en un futuro, mi propia familia. No siento ningún apego especial por esta tierra, pero tampoco me agrada la idea de marcharme: no me asusta la soledad, ni el futuro, me siento bastante capaz. No obstante, no veo por qué debería abandonar. Me digo esto y lo hago para autoconvencerme de que debo resistir, de que no sé por qué motivo extraño debo quedarme aquí. No obstante, uno o dos vídeos demoledores del pasado 25 de septiembre me hacen soñar con lo inesperado: lejos, un trabajo lejos,  lejos, unos nuevos amigos lejos… No quiero que mis hijos vivan en una sociedad como esta… No soporto verlo ni yo misma…

Lo que hay entre dos personas que hace que no puedan amarse eternamente

Hoy me he dedicado a deambular. A dejar nacer y crecer esa necesidad de caminar, sin rumbo, solamente dejando que los pies arrastren un bulto. Hoy eso que sostienen mis piernas ya no ha sido apenas sentido ni como un cuerpo…

Es verano. Las calles del Barrio del Carmen están engastadas de turistas: sacan sus cámaras, miran, compran helados…”Son unos engañados” les digo oteándolos con recelo, sin mediar palabra. Todo el mundo a mi alrededor, no sólo los turistas, me parece hoy una turba de siervos…Vienen, van, corren, compran helados, pero no pasean…No, al menos, con ese paso gatuno que hoy a mi me concede el tiempo. El tiempo, los minutos, la relación de mis 50 quilos de peso con el tiempo y con el espacio, mis 50 quilos de peso gravitando contra el suelo, peleando con el tiempo…El tiempo se me hace, así, leve… “Necesito un poco más de levedad todavía, no puedo negarlo”, suena en mi cabeza…

Entonces me río de todos, en silencio… Sin ganas de ofender a ninguno de ellos, ni siquiera con la mirada. Mis ojos hoy se ocupan en otros menesteres más difíciles, pues están mirando hacia adentro. No buscan las postales en las tiendas de souvenirs, ni las imágenes imborrables a través del objetivo, ni las sonrisas de complicidad con los compañeros de viaje. Para mi, este año, las vacaciones son mentales. No quiero que nadie me acompañe en este descanso: todos están de más… Aún así, los añoro.

De un salto me quito de encima la coraza del espectador, la distancia del juez, y empiezo a recordar mis viajes. Yo también he sido un turista sorprendido, yo también he jugado a impresionarme con los lugares extraños, a descubrir en las miradas ajenas historias inventadas… Pero este año las vacaciones son mentales: no hay tregua para este cuerpo, esta masa, este bulto arrastrado por unas pezuñas de plomo…

De repente, llego a un callejón maloliente. A mi allí nada puede ya sorprenderme: después de dos meses viviendo aquí he vuelto a recordar todas las calles de este barrio, todos y cada uno de los rincones. Un barrio que hace años era el lugar de los viernes y los sábados, más bien tarde y más bien noche. Algunos de los sitios permanecen intactos, otros están irreconocibles… Otros me lanzan historias contra la frente con sólo pasar por su lado y volverlos a reconocer… Como digo, aquí nada parece ya poder deleitarme, quizás el olor hediondo del callejón, tal vez algún indigente malhumorado… No obstante, así, de repente, en mi intento por zafarme de aquel olor terrible y encontrar la salida de esa calle apestosa, una de las fachadas me llama la atención: son él y ella, y un muro negro sobre el que ambos apoyan la frente los separa. Abajo del dibujo, la frase que da título a este fragmento. Se me caen dos lagrimones como dos melones amargos…

Entonces decido comprarme un helado y visitar la catedral. “Estoy de vacaciones”, me digo.

Pongamos que hablo de Madrid

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Todos los días se está haciendo sentir la acción organizada de la gente: cuando no es un grupo es otro, pero trabajadores, estudiantes y todo tipo de colectivos sociales en riesgo de pérdida de muchos de sus derechos fundamentales están organizando manifestaciones y acampadas que, más o menos masificadas, se están dejando ver en nuestras calles. Todos los días me llega una noticia de una u otra manifestación cercana: en contra de los recortes, en favor de la igualdad social, por el fin de la corrupción… Sea lo que sea el mensaje es el mismo: hemos de seguir organizándonos y saliendo a la calle, hacernos escuchar de la manera más cívica posible y defender aquello que no sólo creemos lícitamente defendible, sino todo aquello que, como seres humanos NECESITAMOS. Me refiero a esas cosas de poca importancia para las que últimamente no hay presupuesto: pongamos que hablo de educación, de sanidad, de vivienda digna…Pongamos que hablo de Madrid, como decía la canción.

No sé si nos escucharán con orejas abiertas o si simplemente nuestra presencia en las calles desembocará en nada, esa nada nadísima de la ignorancia, de la indiferencia…Esa nada que tanto nos empobrece y que nos quita la fuerza para seguir moviéndonos. Por ahora, me encanta seguir recibiendo esas noticias y diciendo “asistiré” a través del frio hilo de Facebook.

Sobre como volverlas locas…

La película “Luz de gas” nos muestra el cuadro de la dependencia emocional de una forma extrema. Paula deja su arte porque él se lo pide,  un hombre que la quiere sólo para él y que la quiere sumisa, encerrada y enajenada. La visión de la realidad de ella no es cierta,  sólo existe la racionalidad de él: nada de lo que ella dice aconteció ni acontecerá nunca…

El odio y el paternalismo doctrinal que Anton (Charles Boyer) lanza sobre la protagonista (Ingrid Bergman, Paula en el filme) hacen que poco a poco la confianza de ella en sí misma y su tranquilidad vayan minándose. El control excesivo que Anton ejerce sobre Paula es interpretado por ésta como una muestra de afecto: no puede verlo más que como una forma de cuidarla y protegerla, una forma de disciplinar su descuidada forma de ser. Realmente una forma de hacerla enloquecer y subordinarla a la codicia de sus verdaderos intereses…

Ella en ese estado no es mujer, ni él es hombre.

Gaslight , George Cukor (1944)

Sucedió durante muchas noches…

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Hace años que me había dado cuenta. Precísamente uno de los momentos en los que me dí cuenta fue al ver esta película. Lo ví claramente: habitaba bajo el cobijo del otro…

La protagonista de esta singular historia (una sensualísima Claudette Colbert, Ellie en el filme) era esa niña dispuesta a huir del mundo opresor de los hombres, de la ley del padre y de los mandatos de refinamiento, buenos modales, protocolo que dictaban su acomodada posición. Lo ví desde la primera escena: yo sólo quería lanzarme al mar y echar a nadar. Pero, ¡oh, destino cruel! Siempre hay un roto para un descosido, dicen…Como no podía ser menos, la desvalida e indefensa protagonista poco tardaría en atraer a un sabueso reportero en busca de la noticia (un rotundo y descarado Clark Gable): la niña de uno de los magnates más importantes de Nueva York rompía con su funesto destino de mujer florero. La exclusiva era inminente.

Clark Gable (Peter en el filme) no tarda en convertirse en su nuevo padre, en su nuevo guía en este mundo cruel y amenazante: administra su dinero, cuida de su maleta, le busca alojamiento y comida…En definitiva, la seduce constantemente para que necesite de su protección. Un ejemplo fílmico excepcional del hombre-padre-cuidador que salva a la pobre chica desvalida y le muestra el camino a seguir…

Yo la había visto ya hace tiempo, la película digo. Y también había captado el mensaje. Pero sólo mucho tiempo después pude saltar del yate y lanzarme al mar. Durante muchas noches, simplemente, pensé en hacerlo…

Sucedió una noche (1934). Dirigida por Frank Capra

Las mujeres que no saben amar

A todas las mujeres que aman demasiado, como reza el título de una de las publicaciones sonadas de estos últimos tiempos, cabe decirles algo: señoras, señoritas, madres, hijas, abuelas… ustedes no saben amar. Suena duro, quizás suene demasiado chirriante no identificar inmediatamente valores como la entrega, la resignación, la atención, la escucha, el cariño, el cuidado (valores totalmente impregnados de feminidad en el imaginario colectivo…) a lo que tópicamente entendemos por amor. Ese amor que nos enseñaron en los cuentos, en los relatos románticos de princesas y príncipes, de medias naranjas idílicas, de sufrimiento y de dulzura…Esos relatos románticos en los que las mujeres daban todo por su pareja o simplemente esperaban a ese hombre que las acogería en sus brazos y les prometería la eternidad en un paquete y con un lacito nos han vuelto neuróticamente amorosas y nos siguen vendiendo un estereotipo de mujer que, hoy por hoy, continua apareciendo en nuestro cine, en nuestra publicidad, en los libros que compramos y, lo que es peor,  en las relaciones que establecemos con los hombres. La figura de la mujer abnegada que todo lo aguanta, que todo lo consiente y lo aprueba, que sabe cuidar y es fiel a su pareja  está tan brutalmente revestida de normalidad que no nos resulta extraño eso de sufrir por amor. ¿Cómo no se ha de querer, pensamos, cuando se sufre?

 El mito del amor romántico está empachado de sufrimiento y de buenas intenciones esclavas de las que las mujeres hemos de hacernos conscientes en algún momento de nuestra maduración personal: no para dejar de amar, no para cerrar nuestra vida en una soledad hiriente que nos prometa la evitación del sufrimiento, sino para descubrir que, precisamente, amar no es sufrir y, con ello, poder amar de una forma más plena desde la convicción de que es a nosotras mismas a quien, en primer lugar, debemos ese amor sin límites.

Por otra parte, los hombres, igualmente alimentados por la idea de que deben asumir el papel de salvadores-protectores de las mujeres en sus relaciones ( o quizás el de padres dominantes y dirigentes) encuentran del todo fabuloso hacerse con compañeras que atiendan tan resignadamente a sus peticiones y sepan ponerse en el lugar de esas madres que en su día los cuidaron y los amaron incondicionalmente. Tenemos pues, el caldo de cultivo perfecto para una de las enfermedades amorosas más potentes: las dependencias afectivas y emocionales.

Poder amar de una forma más plena pasa por socavar la fuerza de estos mitos en nuestra propia existencia como hombres y mujeres. El amor no es el centro de la vida, ni somos nada sin él pues, de forma autónoma, ya somos seres perfectamente completos. Amarnos como hombres y mujeres libres y sanos emocionalmente no debería consistir en solaparnos, ni en asfixiar ni diluir nuestras necesidades en las del otro, ni en subsumir nuestros proyectos de vida a las demandas de nuestros compañeros o compañeras. Amarnos de una forma autónoma implica saber elegir libremente hasta donde queremos dar y recibir, hasta donde queremos cuidar y ser cuidados, saber identificar donde esta nuestro lugar y donde esta el del otro, por donde corre un aire propio y por donde nos dejamos llevar por los vendavales de nuestros “amores”. Un amor sin ataduras de este y otros tipos parece una contradicción en los términos, pero no lo es: realmente las relaciones sanas se nutren de esa posibilidad de ver al otro en su espacio y valorarlo por lo que es, por lo que la persona nos aporta, no exigiendo para nosotros la exclusividad, las atenciones y la sumisión a nuestros deseos tan característica del amor egoísta que tradicionalmente vivimos bajo el rótulo del auténtico amor.

Amar no es depender. Depender es destruir. Amar no es mirarse el uno al otro a los ojos. Amar es mirar al horizonte propio y del otro sin que se confundan y se enclaustren.